Entre la Libertad y la Seguridad

 «Aquellos que renunciarían a una libertad esencial para comprar un poco de seguridad momentánea, no merecen ni libertad ni seguridad y acabará perdiendo ambas».

 Benjamin Frankin

Tras unas semanas de descanso, vuelvo a escribir una lineas que se me antojan necesarias ante los últimos acontecimientos. El pasado jueves, un día antes de tomar mi vuelo a Marruecos, ocurrió un terrible atentado en Barcelona. España, que durante muchos años observaba con una mezcla de incredulidad e ingenuidad lo que ocurría en el resto de Europa, volvía a hacer gala durante varias años de aquel viejo espiritu de que Europa empieza en los Pirineos. Algunos se encomendaban a la eficacia de las FF.CC de Seguridad del Estado, otros sentían la falsa seguridad que otorga ese segundo plano al que había quedado relegada la política exterior española tras los terribles atentados del 11-M. En definitiva, ese sentimiento de inmunidad saltó por los aires, como también lo habría hecho la Sagrada Familia sino llega a ser por el milagro que se produjo con la explosión del día anterior. Barcelona, al igual que Madrid, Berlin, Paris, Londres,... sigue siendo Europa. Esa Europa que aún maltrecha sigue despertando pasiones y recelos a partes iguales. Esa Europa que encarna, más que ninguna otra región en el Mundo, esa "joie de vivre", igualdad y tolerancia que los fanáticos tanto odian.

En el avión que me transportaba a Tanger, iba pensando sobre todos estos temas cuando me vino a la cabeza una conferencia a la que asistí aún siendo universitario en la Universidad Pontificia Comillas en 2008. En esta charla a la que acudió el periodista Guillermo Altares, en aquella época Director del Suplemento Cultural Babelia, se trataron temas como la integración de la inmigración en Europa. Uno de los temas que planteé cuando me dieron el uso de la palabra fue ¿Hasta que punto estamos dispuestos a renunciar a una mayor libertad por una mayor seguridad? Esta pregunta perfectamente extrapolable a la situación actual está sin duda en el corazón de cualquier democracia. Aunque el sentimiento de miedo generalizado puede hacer pensar que son muchos los ciudadanos dispuestos a ceder cualquier parcela de su intimidad con tal de proteger su integridad física, aún somos muchos los que no. 

Por ello cuando se planteaba la cuestión de que hubiese sido necesaria atender a la petición del Ministerio del Interior de instalar más bolardos en la Rambla, no pude evitar pensar que siempre hay margen para seguir reculando. Sino son bolardos, son llamadas pinchadas, si no son llamadas son controles fronterizos y sino simplemente interrogatorios aleatorios a cualquier ciudadano que actue de forma. extraña. Y con ello seguimos con esa lenta pero decidida deriva hacia algo que probablemente nos de más seguridad (aunque la seguridad total como todos sabemos es imposible) pero que poco o nada tiene que ver con lo que entendemos por democracia. Evidentemente no pretendo negar, que hoy más que nunca hay que mantenerse en guardia, encontrar los focos de radicalización, controlar los mensajes radicales que se emiten, entre otros factores. Sin embargo sigo creyendo que hay ciertas lineas rojas que no se deben traspasor y que atacando a los "peones" no se soluciona ningún problema de calado.

Como me comentaba mi buen amigo marroquí, allí tienen la solución a la radicalización. A raíz de los atentados de 2003, se adoptó una ley por la cual cualquier reunión esporádica de cuatro personas en la calle es susceptible de sospecha y por tanto de detención. Por no hablar de la destrucción de barrios enteros para reubicar a las clases humildes en nuevas viviendas con tal de dispersarlos a todo ellos, detenciones arbitrarias de familias enteras o condenas infundadas. Otras de las medidas, esta última más interesante, es el necesario control por un Consejo de Imanes de los contenidos que se predican en la mezquita, sin el cual no se puede predicar. Todas estas medidas podrían resultar controvertidas en el mejor de los casos y sin embargo no me cabe duda que son muchos los que las aceptarían sin ambages porque su anhelo por la seguridad tan solo es superado por su desprecio a la democracia.

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