Bosnia-Herzegovina: El rincón olvidado de Europa

Imagen de Mostar con el puente reconstruído. Fuente:commons.wikimedia.org

Existen una serie de países que no merecen la atención mediática. Alejados de los focos, la ausencia de guerras, tramas de corrupción o su nula presencia en los mercados financieros hace que su existencia pase prácticamente inadvertida. Es el caso de Bosnia Herzegovina, esa república surgida en pleno contexto bélico en el año 1992 en la mayor barbarie cometida en el viejo continente desde la II Guerra Mundial. Aún 20 años después muchos se siguen preguntando cómo fue posible que se cometiesen tales crímenes a apenas "dos horas de avión".

                Mientras Europa asistía con gozo a la caída del muro de Berlín y la reconciliación del Mundo capitalista con los vecinos del este, la desmembración del bloque comunista fue compleja y muy distinta según los países. Así conviene recordar la suave transición en Polonia ya orquestada por  Solidarnosc de Lech Walesa con el inestimable apoyo del Papa Juan Pablo II, la transición de terciopelo de Checoslovaquia a las más violentas de la Rumanía de Ceaucescu. En ese amplio espectro la de Yugoslavia[1] fue sin duda la más sangrienta. Remontándose uno años atrás vemos porqué se conocía esta región como el polvorín de Europa. Blanco de invasiones, saqueos, e intereses estratégicos por una pequeña porción de territorio, los Balcanes fueron campo de batalla de Imperio otomanos desde el siglo XV, Imperio Austrohungaro a partir del XVIII que a lo largo de la historia tejieron un particular mosaico de identidades culturales y religiosas que  compartían lengua[2] común pero cada una contaba con una identidad muy marcada. No es casualidad que el asesinato del Archiduque Fernando en 1914, se produjese en Sarajevo precisamente de manos de un grupo terrorista nacionalista, la Mano Negra, que buscaba la secesión del Imperio Austrohúngaro.

                Sin entrar en la historia, que no es mi campo, el siglo XX dio pie a multitud de formas administrativas de un mismo territorio, desde la Monarquía[3] en pleno periodo de entre guerras a la federación yugoslava surgida a raíz de la 2ª Guerra Mundial, donde las identidades nacionales eran respetadas en el marco de un Estado común. Desde su alejamiento del estatalismo a finales de los 50, Yugoslavia fue la excepción del bloque del este, con niveles de crecimientos muy altos, el desarrollo de una industria potente y sobre todo un grado de apertura y de comercio exterior inaudito en todo el bloque comunista. Bajo el liderato férreo pero inteligente de Tito se consiguió mantener unido un Estado artificial en donde la balanza de poder permitía satisfacer a unos y otros manteniendo en un plano secundario las tendencias nacionalistas de las dos grandes potencias Serbia y Croacia. Todo cambió a partir de su muerte, en un contexto de depresión económica en la década de los 80.  La propaganda nacionalista empezó a funcionar con éxito. En ese cóctel de intereses, los bosnios eran los peor parados frente al poder de las grandes potencias que reclamaba mayores cotas de poder.  

                Bosnia era un territorio esencialmente multiétnico. En su territorio, convivían en relativa armonía croatas, serbios, judíos y musulmanes en la llamada Jerusalem de Europa. Como indica Carlos Taibo, politólogo experto en la región, la amplia mayoría de bosnios se sentían cómodos en la llamada Yugoslavia sin necesidad de identificarse a un determinado grupo étnico. El ascenso de los nacionalismos frena en seco esta convivencia, los partidos pasan a reclamar estados étnicamente puros, ya sea de manos la gran Serbia de manos de Milosevic[4] o Croacia de Tudjman. En Bosnia, pese a tener atribuido un papel de víctima pasó lo mismo, los nacionalistas suplantaron el papel de los moderados, y los bosnios musulmanes, llamados bosniacos, que constituían casi el 50% de la población, pasaron de ser un grupo más a ser un grupo militante en busca de su propio Estado.[5]

Actual divisíón de Bosnia Herzegovina. Fuente: The Economist
 Esta búsqueda de fronteras étnicas en un Estado esencialmente multiétnicos fue el principio del fín de este sueño llamado Yugoslavia. Esto nos hace plantearnos una profunda reflexión a día de hoy en una Europa donde las minorías étnicas tienen cada vez más peso. ¿Es posible cimentar la convivencia de un Estado en una voluntad común de sus ciudadanos distintos en origen y cultura o por el contrario el Estado Nación tradicional se acaba siempre imponiendo? En ese debate está gran parte del futuro de  muchos de los Estados europeos que en estos momentos están en búsqueda de una nueva identidad. Podrían buscar por un lado la vuelta a los elementos básicos del Estado Nación como símbolo de identidad nacional homogénea y de diferenciación respecto de los  nuevos inmigrantes o bien tratar de construir una nueva  identidad pro-futuro, una identidad más heterogénea que tomando como base los elementos básicos de identidad nacional es capaz de integrar estas nuevas realidades  cuyos componentes a efectos legales tienen tantos derechos como cualquier otro ciudadano. En esta capacidad de crecer en la diversidad radicará el éxito de nuestro modelo de integración

                En Bosnia desafortunadamente, los acuerdos de Dayton legitimaron de facto una ilegalidad flagrante del derecho internacional. La invasión serbia de manos de Karadzic y la constitución de la República Srpaska financiada por el gobierno de Milosevic fue autorizada por la Comunidad Internacional después de la guerra. [6]En consecuencia, Bosnia sigue siendo un Estado profundamente fragmentado, con más de un 40 % de desempleo dividido en dos entes irreconciliables y donde la integración a la Unión Europea sigue siendo para muchos una quimera. Pese al intento  sobre todo de los más jóvenes superar las cicatrices aún recientes de la guerra, el país sigue siendo ingobernable de facto como comentaba un destacado dirigente bosnio-croata: “This country is not functional, stable or integrating, either in itself or into the EU and NATO.5






[1] Compuesta por seis repúblicas Macedonia, Serbia, Montenegro, Bosnia, Eslovenia y Croacia. Dentro de estas repúblicas están Kosovo y Vojvodina, regiones autónomas con un estatus especial desde 1974.

[2] El serbo-croata en sus distintas variantes es lengua común en todos estos países.

[3] La Monarquia de 1929 a 1945, llamada el Reino de Serbios, croatas y  Eslovenos.

[4] Si es cierto que los serbios contaron con la maquinaria estatal y mediática a su servicio y tuvieron más facilidad para acceder al armamento del extinto ejército yugoslavo, también fueron víctimas de grandes injusticias en Bosnia y de desplazamientos masivos de población en la Krajina y Eslavonia

[5] Los musulmanes nacionalistas encontraron el apoyo de combatientes Mujaidines procedentes de todos los países árabes y el propio presidente bosnio Itzebegovic hizo un llamamiento en favor de la guerra santa y del exterminio de los serbios en su territorio

[6] La participación del nuevo Estado Bosnio que fue hecho por obra de Estados Unidos y demás potencias intervinientes, quedó el 49% del Estado en manos de una federación serbo-bosnia y el 51% restante en manos de la federación bosnia musulmana con el establecimiento de una presidencia rotaroria.



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