El Teatro y la Vida

"Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra". Gabriel García Márquez. Cien Años de Soledad
 Al principio, una partícula puede convertirse en un universo entero o ser eso una simple partícula. Al principio, todo es posible, incierto y difícil, la partícula lo es todo sin ser aún nada. Igual que cualquier historia o la Historia. Al principio, el papel en blanco de cualquier historia o de la Historia contempla a sus protagonistas con la mirada de aquel que antes de empezar ya ha vencido. El papel en blanco lo es todo, un todo que sólo cuando deja de ser eso, una hoja en blanco, empieza a ser algo, es decir, nada. Porque el final de cualquier historia se intuye cuando los protagonistas ya saben que lo son. Toda historia tiene un final, su final pero al principio cualquier historia y cualquier final es posible.

Las pequeñas historias o los pequeños cuentos en los que de una u otra manera somos los protagonistas son los que al final componen nuestra vida, nuestra gran historia. Una historia en la que todos somos protagonistas y espectadores a la vez. Al fin y al cabo, ¿Somos capaces, hoy, en la sociedad de la información, de garantizar que ningún intruso se asomará a nuestra vida y la observará con total impunidad? Somos los protagonistas de la obra, de cada capítulo de cada temporada de nuestra vida pero ni podemos controlar quién interviene como actor secundario o principal ni quién ha sido invitado a observarla. De hecho, en nuestro propio teatro, que es nuestra vida, tampoco podemos evitar, que el público, al cual no conocemos ni hemos invitado, se convierta, de repente, en la figura clave de la trama. De modo que representamos nuestra obra con la certeza de que el papel principal siempre será el mismo, es decir, yo mismo pero con la incertidumbre de saber quién nos lo otorgó. Mucho antes de nacer, nuestros padres ya imaginaron nuestra vida, de hecho, al nacer esos mismos padres, son los productores, nunca mejor dicho, de nuestra película. Ellos nos otorgan, al principio, el papel principal y los materiales para la representación pero ¿Qué ocurre si el guion no es una hoja en blanco? ¿Qué ocurre si como Úrsula somos capaces de representar y observar, incluso ciegos, el papel que Melquiades o cualquier otro ha escrito para nosotros?
Cuando contamos o escribimos nuestra historia, algo que nos ocurrió caemos en la cuenta que la memoria, a través de los recuerdos, ha teatralizado el pasado. Aquello que ocurrió se ha convertido en una comedia amorosa, en un drama o en una tragedia. Nuestro cerebro es una especie de calle de los espejos que al igual que Valle-Inclán convierte en esperpento todo aquello que realmente fue. La realidad narrada no sólo nos permite tomar conciencia de lo insustancial de la verdad sino que nos acerca al productor de la obra. Nuestros acontecimientos vitales esconden tras de sí siempre una enseñanza que somos capaces de convertir, gracias a la memoria, esa memoria de la calle de los espejos, en experiencia. Pero la instrumentalización del pasado en pos del futuro, incluso de forma extremadamente subjetiva nos acerca aún más a nuestra verdadera realidad, una realidad inconsistente en sí misma, originariamente alienada, es decir, una realidad en la que todos somos hijos de Homero.  La Iliada y la Odisea marcan el principio de la verdad narrada que como toda narración servía como instrumento para explicar las invasiones dorias. La literatura, desde sus orígenes, es un mero instrumento, un texto dentro del texto de Melquiades. Asimismo, los griegos concebían el teatro como instrumento para comunicar cualquier tipo de enseñanza. La transformación de los ciudadanos griegos se conseguía gracias a la reflexión sobre los acontecimientos que observaban en las obras. La catarsis griega, el momento en que, a través de la observación y la reflexión de los acontecimientos ficticios, el espectador comprendía una nueva realidad, un nuevo peligro y se transformaba, nos debe servir de guía para juzgar la realidad. ¿Qué es real y qué es ficción, el pasado esperpéntico, el presente representado o el futuro ya anunciado? Incluso  la muerte esconde una enseñanza que trasciende nuestra propia existencia aunque sólo sirva para explicar lo insustancial de nuestra vida como en la novela de Sánchez Ferlosio.
Al igual que la literatura, el teatro, la televisión y cualquier otro medio por el cual se pueda narrar algo, nuestra vida en tanto que susceptible de ser narrada, por nosotros mismos o por otros, tiene una finalidad que busca una catarsis, una transformación. Nuestra vida y nuestra muerte son susceptibles como en el caso del tren accidentado en Galicia o el caso de Asunta de ser noticia. Nuestra vida es el texto dentro del texto, es la Odisea y es el teatro griego. Porque, al fin y al cabo, descubrir al guionista, a Melquiades, es acabar con la condena, tener una segunda oportunidad, ser libres.


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